10.12.08

Bella

El cine americano nos ha dado más de una alegría, sorprendiéndonos con realizadores que saben tomar lo mejor de la rama comercial y lo mejor de la rama independiente de aquel país, y se estrenan en este arte con películas que son en sí mismas pequeñas obras de arte. Y aunque Bella no es el primer proyecto de Alejandro Gómez Monteverde, sí que es, en mi opinión, una pequeña obra de arte.

Si bien se trata de una película de corte social, no cae en los tópicos en que suele incurrir ese tipo de cine y que acaba por convertirlo en pasto de modernetes y culturetas, que lo enarbolan como estandarte de ideas globalizadoras y vacuamente progresistas. Pero no es ese el tema que nos ocupa. Bella centra el grueso de su mensaje en un discurso antiabortista inteligentemente construído, en el que tienen cabida opiniones opuestas, todas ellas con sólidos argumentos que las defienden.

José trabaja como cocinero en el restaurante que su hermano Manny regenta en Nueva York. Es un chico reservado y triste que lucha interiormente contra un pasado imposible de olvidar. Por otro lado, a Nina, que también trabaja en el bar de Manny, le ocurre inesperadamente algo para lo que no está preparada. Tras saber esto, Jose invita a Nina a pasar el día con él y hablar, y así se dará inicio a una trama tan bonita como emotiva. A través de las conversaciones que ambos personajes mantendrán se le irán descubriendo al espectador dos posturas sobre un mismo problema, el aborto, pero no sólo eso; los personajes también desvelarán sus miedos y la historia versará sobre el arrepentimiento, el sacrificio y las consecuencias de las propias acciones en la vida, y del peso de las decisiones que tomamos.

Pero esto no llega a describir con acierto lo que el espectador sentirá al ver Bella. Es una película casi perfecta en su sencillez, sin aspiraciones de ningún tipo. Simplemente pone a dos personajes con un pasado que odian en situación de escucharse e intentar comprenderse, y lo cuenta de un modo tan grácil y fluído que el filme, ya de por sí breve, nos sabrá a poco al llegar los créditos. Una de esas historias que le hacen a uno sentir bien, con unos secundarios magníficos -quisiera llamar la atención sobre toda la familia de José- de los que nos será imposible no disfrutar y un final precioso y terriblemente emocionante.

Eso sí, es necesario recalcar que el espectador que busque una trama compleja con graves giros de guión no los encontrará aquí. La película transcurre de un modo previsible y sin sorpresas, aunque a mi juicio en ningún momento se hace aburrida, ya que el guión es ágil y los diálogos muy accesibles. Aunque para hacer justicia debo decir que sí que hay un detalle que todo espectador esperaría y que finalmente no se cumple, lo que en cierto modo conlleva una sorpresa, y que además pone la guinda final para enmarcar la película en el relato social y desligarla de otros géneros.

Respecto a su supuesto contenido procatólico, ultraconservador, antiprogreso y demás absurdeces politizantes que se han dicho sobre la película, me veo obligado a pronunciarme, como ya hice con Camino. La política es la política y el cine es el cine. Siempre resulta desafortunado mezclar algo tan corrompido y pútrido como lo primero con un arte tan magnífico y con tanto potencial creativo como lo segundo. Si hemos de preocuparnos por ejercer de censores y obstinarnos en ver las posturas políticas, sociales y morales de una película, jamás la disfrutaremos. Y si las hay -que no es el caso-, deberíamos aceptarlas con madurez y filosofía, pues el cine, como todo el arte, es un medio de expresión.

Maravilloso el papel de Eduardo Verástegui como José, y maravilloso el personaje que ha sabido crear. Una persona que cae del cielo al suelo en un segundo y, aún destruído, va emergiendo del agujero por una sola razón: el amor a su familia.

Quisiera mencionar también la curiosa Nueva York con que Bella obsequia al espectador. Es una Nueva York muy madrileña, cercana a más no poder y muy distinta de la que estamos acostumbrados a ver en la producción estadounidense, esto es, plagada de gentuza y criminales asesinos. No se asemeja ni siquiera a la Nueva York de Woody Allen, quizá la más humana vista en el cine. Esta es distinta. Es una ciudad de barrio, como un pueblo hecho con rascacielos.

Sin duda, se trata de una cinta recomendable para disfrutar de algo hermoso sin más, para sonreír durante 90 minutos como me ocurrió a mí. Porque, realmente, ese es casi el único error que puede achacársele a Bella, que indaga poco en el debate social que propone, no se moja; se queda en una postura neutral y cuando el espectador está listo para recibir el terrible azote del llanto cinematográfico, Bella se lo perdona y la alegría sigue siendo alegría. Aunque ciertamente, si hubiera sido de ese modo esta película sería otra.

La propongo para disfrutar de algo distinto. Cosa que, de vez en cuando, no está mal.

imagen: theaustinchronicle, ciudadmag

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9.12.08

Transsiberian

Es una lástima ver como se desaprovechan grandes actores en papeles huecos e insustanciales, y casi peor presenciar cómo una historia prometedora se va transformando en una trama de corrupción y asesinato ultraconvencional que todos hemos visto ya.
Pues todo eso se aúna en Transsiberian. Parece que las pocas películas de Brad Anderson que logran escapar a la gravedad del olvido independiente se van turnando la calidad; así veíamos una obra extraña y fácil de olvidar en Session 9 allá por 2001 (con un David Caruso tan desaprovechado como los protagonistas de Transsiberian), y otra mucho más recomendable, El Maquinista, en 2004. Ello me lleva a pensar que Anderson no tiene talento como guionista -pues él realizó el guión tanto de Session 9 como de Transsiberian-, aunque sí como director, lo que se destila de todas sus películas y del tratamiento tan personal que hace de la imagen y de lo que muestra en cámara.
Transsiberian cuenta la historia de dos turistas norteamericanos (Woody Harrelson y Emily Mortimer) que se encuentran haciendo el trayecto completo del transiberiano desde China hasta Rusia Occidental, y se ven envueltos por casualidad en asesinato que a su vez será algo más que un simple asesinato. Tras ellos, un policía de narcóticos ruso, Ben Kingsley. Déjenme decirles que lo que es un auténtico asesinato es contar con Ben Kingsley y encasquetarle un papel que de tan visto, resulta hasta cómico.
La película comienza enmarcada dentro del cine de viajes, recreándose en lo curioso del transiberiano, lo exótico de los que viajan en él y, en resumidas cuentas, lo cinematográfico que resulta un tren antiguo en el que uno pasa ocho días recorriendo algunos de los paisajes más bellos del mundo. Y hasta ahí va bien; no se trata de una historia fascinante pero la fotografía y Harrelson salvan el día. Pero cuando sin venir a cuento aparecen dos viajeros españoles, Eduardo Noriega y Kate Mara, y de pronto el filme se transforma en una historia absurda, donde cada cosa que ocurre es más absurda que la anterior, hasta que ya ocurre algo tan absurdo que hasta parece irreal, y que está tratado de un modo que podría haber sido impactante pero el director la fastidia por sus pretensiones de resultar innovador o sepa dios lo que estaría pensando, entonces es cuando uno se da cuenta de que la película no puede ir a mejor superado ese punto sin retorno.
¿Por qué se sigue contratando a Eduardo Noriega? Ha demostrado suficientes veces que solo Amenábar supo sacarle lo mejor, y que desde entonces se niega a devolver la calidad en su trabajo que nos debe por nuestra fe en él.
Transsiberian es una de tantas obras que resultaban perfectas en la mente del director pero que, ejecutadas, resultan mediocres y tristemente aburridas. Pero ello es aún más triste cuando el director se rodea de grandes actores, como es el caso. Sus defensores han pretendido compararla con Extraños en un tren, lo que, a mi juicio, incurre en la blasfemia más herética. Me mata pensar que si Scott Kosar la hubiera escrito tal vez hubiera surgido algo grande, pues a él le ocurre al contrario que a Anderson; de la peor historia posible siempre saca algo bueno, como ejemplifica bien la correcta La morada del miedo.
Se la recomiendo sólo si son ustedes fans acérrimos de Ben Kingley, como yo, y desean verlo por el simple hecho de que disfrutan, simple y llanamente, con su forma de actuar. Como ilustró con acierto mi acompañante en el cine, "es como una película de las tres de la tarde". Y créanme, cómo acertó con sus palabras.

imagen: filmcatcher, collider, cinefagos

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4.12.08

Outlander


Siempre resulta maravilloso admirar desde la humildad y el respeto la opera prima de un director joven y deseoso de crear. Este es el caso de la segunda obra para el cine de Howard McCain y la que supone su bautizo hollywoodiano.
Outlander relata la historia de un viajero del espacio llamado Kainan, cuya nave sufre un aterrizaje forzoso en la Noruega del año 709, en plena época de los vikingos. Pero no sólo él sobrevive al accidente, sino que también lo hace un voraz alienígena que viajaba con él como polizonte, conocido como Moorwen. Kainan no tardará en internarse en un asentamiento vikingo y trabar amistad con sus habitantes, con los que elaborará un plan para acabar con el monstruo.
Bien, esta película ofrece un desarrollo bastante irregular. Es el resultado inevitable del trabajo de un director inexperto que ha tenido agallas para experimentar con diversos géneros -aparentemente imposibles de conjugar- y de arrastrar a unos grandes actores fuera de los papeles en los que la industria los ha acomodado. El filme es un tributo absoluto a las viejas películas de serie B de los años 50, anteriores a las reformadoras del género, como Ultimátum a la Tierra. Jim Caviezel encarnará a un héroe solitario, parco en palabras, en ocasiones torpe y poco eficaz, y con cierto aire paternalista, pero de innegable valor. John Hurt dará vida a Rothgar, el rey del asentamiento (en un papel que a mi parecer le viene como anillo al dedo) y con el cual Kainan establecerá un afecto especial. Y por otro lado está Ron Perlman en un papel más bien poco agradecido -sobre todo desde su maravilloso Hellboy- como Gunnar, el rey de una aldea rival.
En este marco, como digo, la película desarrolla muchos de los clásicos giros del cine de monstruos y hombres del espacio de los años 50, pero curiosamente mezclados con otros del cine de acción de principios de los 90. ¿Qué es lo negativo de esta mezcla? Que McCain ha hecho un uso demasiado abusivo de los tópicos más trasnochados de este cine y ello llega a irritar en ocasiones, aunque sospecho que ha recurrido a ellos más bien por falta de experiencia y miedo al fracaso que por otra cosa. Pero de este hecho se extrae algo muy positivo, y son las innumerables escenas de gran valor que la película también muestra: una carrera sobre los escudos entre Kainan y el heredero Wulfric, que primero resulta algo ridícula, luego se va tornando hermosa para acabar siendo tierna a más no poder, y logra arrancar una sonrisa al espectador; la relación entre Kainan y Eric, un huérfano de la aldea, basada en miradas cargadas de expresividad; o el flirteo inocentón entre el hombre del espacio y Freya, la hija del rey, quizá la herencia más notable y clara de clásicos como Vinieron del espacio.
Asimismo, son clarísimas las reminiscencias de Beowulf, y su influencia se deja ver en diversos puntos clave de la trama, a saber: Kainan, como Beowulf, llega de un lugar inhóspito y desconocido hasta Noruega -Dinamarca en el caso de Beowulf- para ser inicialmente rechazado y posteriormente integrado como miembro de pleno derecho en la comunidad, y en su mano está dar respuesta a problemas que vienen afectando ya de antiguo a la misma. Su enemigo es un monstruo de origen dudoso y escasa humanidad, que atacará a placer el poblado capturando a los que en él viven, siendo Kainan/Beowulf el único capaz de hacer frente a la bestia. Y, como en el poema, el Moorwen resultará ser una madre cuyo hijo volverá sediento de venganza tras la muerte de esta, y el espectador descubrirá que estas criaturas aparentemente brutales albergan más sentimientos de los que parece a simple vista, y que quizá tengan motivos para actuar como lo hacen. Yo aún diría más; McCain se atreve a revisitar totalmente el mito y más allá de todo esto está el magnífico cameo de pretender que Grendel existió de verdad y su leyenda comenzó con el Moorwen y la llegada de Kainan a Noruega, que más tarde sería conocido como Beowulf, el único hombre que pudo enfrentarse a ella y salir victorioso.
Y ya que lo menciono, dediquémosle unas líneas a esta criatura a la que Ninth Ray Studios ha dado vida. He de confesar que siento debilidad por los monstruos del cine y siempre me da morbillo descubrir las nuevas ideas que van surgiendo en el género, aunque a veces sufra alguna decepción. No es el caso del Moorwen que nos ocupa, pues lo que Patrick Tatopoulos ha creado es un ser hermoso, hipnótico, una personificación de fuerza y personalidad que sólo se muestra abiertamente para embelesar al espectador con un espectáculo de luces y unos movimientos coreográficos que constituyen su lenguaje en pantalla. La bestia tiene mucho que decir, pues personifica los miedos del hombre del siglo VIII, así como los errores y el precio de la avaricia y la sed de conquista de un pueblo beligerante y destructivo, al que Kainan representa. Es un monstruo que se opone a los peores valores humanos, y que a su vez ensalza los buenos, pues a través de la guerra que se libra contra él los protagonistas forjarán alianzas, olvidarán rencillas de sangre y harán enormes sacrificios. Sin duda uno de los puntos fuertes de la película, si bien tengo que avisar de que tal vez los no muy amantes de la ciencia ficción sólo vean en este Moorwen un toro gigante y goriláceo, muy alejado de lo que estoy contando.
Lo peor que se le achaca a Outlander es su narración algo pesada y vacía en ocasiones, pues toda película que no denuncia nada, se queja de nada o reivindica nada está inevitablemente vacía, pero más aún si se trata de ciencia ficción, un género muy conocido por su afán de crítica. Y, en Outlander, dicha crítica (que la hay) llega bastante tarde, cuando al espectador realmente le da un poco igual.
Pero bueno, para resumir y clarificar todo esto diré que se trata de un experimento y un ejercicio imaginativo muy interesante, pero que se podría haber hecho muchísimo mejor, no lo niego. La película ofrece cosas realmente bellas -como los últimos cinco minutos de metraje- aunque aburre a ratos, pero el estupendo plantel de actores la salva de la quema. Como he leído por ahí, un filme que aúna elementos de Predator, Braveheart y hasta El Señor de los Anillos, con bastante gracia. Y estoy de acuerdo. Posiblemente no satisfará a quien busque acción o un denso guión, pero considero que ningún incondicional del género debería perdersela.

imagen: blogdecine

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2.12.08

Quantum of Solace


¿Puede ser James Bond un personaje complejo, repleto de matices y capaz, casi, de hacernos llorar? Ahora, rotundamente, sí. Daniel Craig ha conseguido, a pesar de las absurdas críticas con que su público le obsequió por el gran fallo interpretativo de ser rubio y no espectacularmente guapo, ser con diferencia lo que más brilla en una película que ya brilla por sí sola. Y además repite el milagro, porque no sé qué más se puede decir sobre Casino Royale que no se haya dicho ya, aparte de que es una de las mejores obras de esta extensísima licencia.
Fui a ver Quantum of Solace con el firme deseo de que fuera, por lo menos, tan completa, divertida y endiabladamente entretenida como Casino Royale y, si bien no llega al nivel de aquella, para nada me ha defraudado. Es frenética y le sobra acción, cosa que se debe exigir a toda buena película del género, pero además tiene algo muy de agradecer, y es fluidez. Si bien esto es una constante en las películas de Bond, aquí se hace mucho más patente la calidad con la que está tratado el uso de distintos emplazamientos o giros del argumento, apariciones repentinas de personajes y, en definitiva, todo lo necesario para evitar que el ritmo se embote y el espectador pueda aburrirse. La realización se ahorra datos innecesarios y confía en la atención que este tiene puesta sobre la película.
Como ya dije antes, Quantum of Solace no alcanza el nivel de su predecesora sencillamente porque no puede; la mayúscula sorpresa que este nuevo Bond dio al mundo ya no se puede repetir, pues ya conocemos sus capacidades para crear un personaje totalmente nuevo y distinto a lo anterior. Por otro lado, Marc Foster no podría haber alcanzado nunca el nivel de Martin Campbell en la dirección, por ser este último mucho más experimentado en filmes de acción y haber dirigido antes otro filme de la saga, Goldeneye. Marc Foster nunca había realizado un proyecto del género, aunque le preceden joyas como Monster's Ball (aunque también fiascos como Descubriendo Nunca Jamás).
Pero volvamos a Daniel Craig. Este hombre no sólo ha nacido para actuar, sino que ha nacido para encarnar a James Bond. No se trata del empaque que tiene ni de lo bien que le sienta el esmoquin, algo de lo que ya se ha hablado largo y tendido y que no nos interesa aquí: se trata de que aceptó un reto inenfrentable para muchos actores y ha sabido superarlo no sólo con correción, sino aportando cosas de su propia cosecha y que el personaje no tenía. Es un James Bond joven e inexperto, brusco y en ocasiones difícil de controlar, que afronta sus miedos con una coraza de abulia e indiferencia, aunque por dentro sufre una tortura constante por ser un agente del MI6 -con todo lo que eso conlleva- y a la vez un ser humano normal, que siente como cualquier otro. Todo eso ha sido capaz de expresar Craig con unas pocas palabras y una mirada que atraviesa, y a mi juicio se ha encumbrado ya como uno de los más grandes Bond de la franquicia. Algunos han aducido a que, de tan perfecto asesino, Craig ha llegado a desnaturalizar al personaje, pero en la opinión de quien les habla una saga con 22 películas en su haber debe renovarse a veces de raíz si se quiere evitar que la fórmula se pudra. Se trata de un personaje en plena evolución, que se va dando cuenta poco a poco de lo que significa su trabajo y de lo que hay en juego, y va abandonando su humanidad para convertirse, lentamente, en una máquina que hace lo que se le ordena, de un modo u otro. Pero, señores, para comprender todo esto tienen que verle con sus propios ojos.
Considero que Daniel Craig puede olvidar los temores de que no gustara su último trabajo, pues ya se ha hecho un hueco en el olimpo de los grandes actores. Quantum of Solace es un filme más que recomendable, tanto para amantes de la acción como profanos del género, e incluso para quien no sea fan de Bond, pues merece la pena disfrutar de este actor en su apogeo.

imagen: dvdenlared

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27.11.08

Postal²

Probablemente Postal² (Running With Scissors, 2003), secuela de Postal (1997) sea uno de los videojuegos peor valorado y más injustamente olvidado de los últimos años.

De culto para algunos, desconocido para la mayoría, y sólo mencionado en los medios para criticar su explícita violencia (el juego llegó a ser prohibido en Nueva Zelanda y Australia, bajo acusaciones de ultra-violencia, racismo y machismo) quizá sea Postal² la mejor denuncia que el mundo del videojuego ha lanzado contra su actual situación y los prejuicios que le afectan.
El planteamiento del juego es sencillo. Controlamos, en una tradicional primera persona, a Dude, el protagonista, quien del lunes al viernes deberá realizar diversas misiones como comprar la leche, pagar sus multas, confesarse en la iglesia... Estas misiones nos darán oportunidad de recorrer la ciudad de Paradise, Arizona, escenario donde se ambienta el juego.

A la hora de cumplir nuestro cometido, tendremos oportunidad de adoptar una actitud relativamente civilizada o dejarnos llevar por nuestros instintos violentos. Para ello dispondremos de toda clase de armas, entre ellas algunas insólitas como cócteles molotov, tijeras, gasolina y cerillas o una cabeza de vaca infectada por ántrax.

Sobra decir que la tentación de abandonar la misión para explorar el entorno e interactuar con él es inmediata. Se nos permite visitar toda clase de establecimientos y viviendas, así como nos cruzaremos con multitud de viandantes. Al igual que ocurre en Grand Theft Auto, podemos pasar horas y horas simplemente jugando a causar destrozos, masacres o combatiendo con la policía.

Postal² ha sido criticado fundamentalmente por excesivamente violento y, sobre todo, por su incorrección política. En el juego aparecen retratados diversos estereotipos: el típico musulmán regente de un "todo a cien", los clásicos paletos norteamericanos redneck, fanáticos religiosos, sadomasoquistas e incluso una secta de hippys iluminados.

La crítica y las autoridades internacionales interpretaron la aparición de estos estereotipos como una muestra de burla u odio. Yo pienso que su intención verdadera está clara: una denuncia brutal y directa, casi despiadada, de muchos de los vicios de la sociedad estadounidense y, en general, de toda la cultura occidental.

Postal² es, en primer lugar, un esperpento; esto es, ofrece una visión deformada y grotesca de la América profunda para presentar, al mismo tiempo, una crítica completamente intencionada contra ella. Racismo, incultura, consumismo, brutalidad policial, corrupción, todos ellos defectos muy arraigados en esta sociedad que son recorridos y golpeados por el juego.
Pero no sólo es a la decadencia yanqui a la que se denuncia. Postal² también es una desesperada queja acerca de lo que está ocurriéndole al videojuego. Los desarrolladores de RWS se lamentan de que se persiga a esta nueva forma de arte, por ignorancia y miedo, del mismo modo que se hizo en pasadas épocas con el cine o la literatura. De hecho, nuestra primera misión será acudir a las oficinas de esta empresa para cobrar nuestro sueldo, como personaje del juego. Ante sus puertas nos encontraremos con un grupo de exaltados, que piden la prohibición de los videojuegos violentos y el linchamiento de Vince Desi, gurú de Running with Scissors, todos ellos armados hasta los dientes.

Postal² es también una parodia del videojuego que la industria está construyendo. Un videojuego que deja de lado la artesanía, el guión y la trama para centrarse en la acción simplona y en la exhibición gráfica, con objetivos puramente comerciales. Una industria que ignora el arte. Tan sólo hay que comprobar qué clase de misiones se nos enconmienda (todas ellas tareas cotidianas) un claro guiño a las tópicos objetivos que solemos cumplir en los juegos de acción convencionales. El mismo Dude, es una parodia del clásico héroe, al mismo tiempo que ridiculiza al tradicional castizo norteamericano. En lugar de manejar a un aguerrido espía internacional o a un policía insobornable, controlamos a un tipo mediocre, violento y casado con una esposa a la que odia (Postal Bitch, como aparece en los créditos).
Según el crítico Justin Leeper, "Running With Scissors es el mejor y el peor ejemplo de inconformismo en la industria del videojuego", opinión que comparto. Tal y como él dice, "algunos de los mejores artistas incomprendidos que en la historia han bailado en torno a la línea que separa el arte de la obscenidad".

Este producto es también especialmente reseñable por su detallismo. Como dijera antes, lo sustancial del juego no consiste en su desarrollo misión a misión, sino en nuestra oportunidad de explorar el entorno a discreción. En él hallaremos toda clase de fauna y detalles. En cada cartel que veamos en locales o calles, cada rótulo comercial, cada graffitti, monumento o incluso hasta en un miserable paquete de tabaco, podemos encontrar un mensaje humorístico o una denuncia social. Lo mismo nos ocurre en el desarrollo de las misiones, donde sutilmente se nos dejará caer planteamientos que nos harán pensar sobre política, religión o cultura.

Gráficamente el juego resulta correcto. Los personajes son convencionales, aunque cabe destacar un motor de física muy avanzado para la época. Si bien los escenarios no son especialmente vistosos, resulta fascinante la cantidad enorme de detalles que los adornan. El control es también sencillo y muy jugable, y la originalidad de las armas disponibles regalará al jugador muchas horas de entretenimiento. A esto hay que añadir las muy divertidas secuencias de acción, que nosotros mismos podremos improvisar cuando lo deseemos. En ocasiones, incluso, nos veremos involucrados en los espontáneos tiroteos que los vecinos de Paradise mantienen, sin sentido alguno, con la policía. Como elemento negativo, hay que señalar una inteligencia artificial mejorable y, sobre todo, unos eternos tiempos de carga.

En definitiva, Postal² es, a mi juicio, un juego completamente imprescindible para cualquier aficionado del sector. Una obra de culto, minoritaria pero indispensable. Tal vez algún día, en un futuro, este producto ahora underground tenga el reconocimiento que se merece, aunque la industria parece estar avanzando hacia otros destinos. Resulta lamentable que un trabajo de esta calidad haya pasado inadvertido para la mayoría, salvo para ser vapuleado por aquellos que siguen empeñándose en hacer del videojuego chivo expiatorio para los males de nuestro tiempo. Desde aquí lo aviso: si alguien espera que Postal² pueda educar a sus hijos, que vaya pensando en comprar otro juego.

Yo me limito a recomendar encarecidamente esta pequeña joya; jugarla con tranquilidad, visión crítica y ánimo de pasarlo bien. Postal² no nos decepcionará a este respecto. Mientras otros se convierten en auténticos mitos sin merecerlo, Vince Desi, en mi opinión un genial artista, será en el mejor de los casos desconocido, cuando no demonizado por atreverse a desarrollar una obra escatológica. Postal² pasará al olvido y los estupendos realizadores de Running With Scissors serán ignorados o vituperados, pero con seguridad conseguirán una cosa: fascinar a quien se atreva a jugar sus creaciones y hacerle pasar muy buenos ratos.

De momento, nos quedamos con un juego sobresaliente y esperamos la tercera parte de la saga, ya anunciada. Parafraseando de nuevo a Leeper, "estoy deseando ver lo próximo que harán estos bastardos".

imagen: Wikipedia, Softpedia

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24.11.08

Red de mentiras


El veterano director Ridley Scott aborda de nuevo un género que conoce bien, el de las intrigas políticas, con su actor fetiche Russell Crowe y un cada vez más grande Leonardo DiCaprio a la cabeza del reparto.
Es esta una película sobre cortinas de humo, espionaje y agentes dobles, encuadrada en un marco de rabiosísima actualidad, sin duda alguna; el terrorismo islámico en Europa y Estados Unidos. Lo interesante del filme es que, si bien no aporta nada nuevo al género, sí que adopta una actitud crítica y, por ende, original en los tiempos que corren -en los que son pocos los cineastas norteamericanos que se paran a pensar en las razones de "la otra parte" o en si el modus operandi de la inteligencia de su país es el más acertado-. Así, asistimos al contraste, por un lado, entre los agentes que se encuentran sobre el terreno, en Oriente Medio, expuestos a los atentados suicidas, a las balas, a la tortura y, en definitiva, a las penurias de vivir en medio de un campo de batalla moderno, uno de esos lugares que el imperialismo ha convertido en miserables; y por el otro, a los que hablan a través del móvil desde su oficina en Langley, dando órdenes desde una perspectiva irreal, sin comprender las terribles implicaciones de cada una de sus decisiones, y que viven la guerra silenciosa como si fuera un juego, pero no el parchís, no: como si fuera Call of Duty 4. Scott nos deja aquí algunas escenas memorables, con Russell Crowe ordenando matar a unos y a otros mientras lleva al colegio a sus hijos, cogidos de la mano. Son dos visiones de la guerra totalmente enfrentadas pero igualmente deleznables, y aquí se muestran así en toda su dureza.
Frente a estas dos posturas, está una tercera: la del enemigo del enemigo, pero que no es lo bastante enemigo como para ser nuestro amigo. Me explico. El largometraje ofrece una visión -eso sí, algo tímida- de la forma de actuar de los agentes de inteligencia en Oriente Medio; así, veremos a Hani, un poderoso agente de la inteligencia jordana (interpretado con inigualable estilo por Mark Strong), cooperar con la CIA de un modo delicado, paciente, casi caballeresco, controlando cada paso de la operación con enorme minuciosidad. Los métodos del primero chocarán con los de la CIA al querer estos últimos tener control absoluto, y actuar precipitadamente sin contar con la aprobación de los que se encuentran en primera línea del conflicto, creyendo ser omnipotentes e infalibles. La evicencia es que en Langley no acaban de confiar en él por dos razones principales: la primera, no sólo no es americano, sino que es de Jordania; la segunda, sus métodos son distintos a los nuestros.
El personaje de DiCaprio, Roger Ferris, se encuentra en medio de todos estos intereses, y su profundo conocimiento de Oriente Medio le llevará a sufrir profundos dilemas éticos y humanos, sobre la verdadera naturaleza de esa guerra y su papel en ella. Será lo que una a todos los demás personajes, y posiblemente el papel más brillante de la película ejecutado por un actor que ya domina el género con creces.
Un largometraje sobre intrigas políticas con varias perspectivas para un tema de moda -porque hoy día las modas también se aplican a las guerras-, que nos deja grandes interpretaciones y, en general, un producto de calidad y muy interesante.

imagen: tublogdecine

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21.11.08

Sólo quiero caminar


El último trabajo del madrileño Agustín Diaz Yanes nos deja, desgraciadamente, un regusto agridulce en el paladar. Sólo quiero caminar narra la historia de cuatro amigas que se dedican al robo con premeditación como forma de vida y que, casi por casualidad, tienen la oportunidad de robar a un mafioso mexicano muy rico, lo suficiente como para poder abandonar la profesión si el plan sale bien.
Díaz Yanes exhibe aquí con inusual descaro (ya que parece que es algo de lo que hay que avergonzarse cuando uno hace cine en este país) su gusto por las películas norteamericanas, particularmente las de acción. Se ven claras reminiscencias de Kill Bill, tanto en sus protagonistas femeninas -heroínas venidas a menos, que acometen locuras suicidas sin pensárselo dos veces, ataviadas con chándal-, como en la forma que tiene de abordar la acción y la violencia en algunas escenas, en ocasiones de manera algo humorística y en otras con absoluta crudeza. Hay quien ha querido ver esta influencia en el uso de la música para dotar a las escenas de acción de un tono trepidante sin serlo estas mucho, lo cual no deja de ser interesante. De cualquier manera, la influencia de Tarantino se observa sobre todo por salto de género en género del que hace gala Sólo quiero caminar, mostrándo escenas cómicas al espectador sin venir a cuento, u otras propias del cine de ladrones de guante blanco, si bien en el caso concreto de esta película tales mezclas resultan siendo poco afortunadas.
Las alusiones a Scorsese también están presentes, sobre todo por su forma de tratar la vida mafiosa con toda su horrible violencia, sus lazos de amistad entre asesinos, y sus triciones inevitables. Aparte de algunas escenas que son calcos de otras de la producción del director estadounidense.
El primer pie del que cojea la película es su reparto femenino. Victoria Abril, Ariadna Gil, Pilar López de Ayala y Elena Anaya, son las actrices que dan vida a las ladronas protagonistas. Sinceramente, Pilar López de Ayala y Elena Anaya lo hacen tan mal como cabe esperar de actrices de tan escaso talento; pero esperaba más de Victoria Abril y sobre todo de Ariadna Gil, tras su elaborado y rico papel en Alatriste, el último trabajo del director, o en El laberinto del Fauno, sin ir más lejos. Las cuatro se dedican a poner una cara y a asumir una actitud durante todo (y digo todo) el metraje, quedando ancladas en estas y llegando no sólo a aburrir, sino a irritar (el caso de Ayala es flagrante; Elena Anaya, por suerte, aparece más bien poco). Realmente ha sido una elección errónea, sobre todo teniendo en cuenta la cantidad de buenas actrices jóvenes mucho mejores que hay en activo en nuestro país.
El otro pie que falla, y este condena definitivamente a la película, es el tratamiento de los personajes. No se indaga en ellos, no se los explora, se le niega al espectador conocerlos y hacerse confidente de sus motivaciones. Hemos de suponer que unos lazos muy fuertes unen a estas cuatro amigas, pero en ningún momento sabemos cómo se formaron, o si se formaron, y tampoco se nos sugiere. Actúan de forma incoherente y en ocasiones vacía, porque no tenemos la más mínima información sobre sus razones para actuar como actúan. Sencillamente hacen lo que hacen, y el espectador lo contempla. Así de fríamente. Este error garrafal en el guión impide que uno pueda sumergirse en la película, y aunque no aburre, nunca tenemos esa agradable sensación de estar pegados al asiento sin poder esperar a ver qué ocurre. Y es una auténtica pena, ya que el film se prestaba mucho a eso.
Pero en todo este desbarajuste hay algo que brilla con luz propia, y es Diego Luna. Actor al que yo recuerdo por un pequeño y entrañable papel junto a Tom Hanks en La terminal, de Steven Spielberg, y que expone todo su potencial y capacidad en un papel lleno de pequeños matices, dando vida a un sicario con principios, que no para de preguntarse interiormente si la vida que ha elegido es la más correcta.
Al final, Sólo quiero caminar se comporta como una bicicleta vieja: anda y le lleva a uno al destino, pero traquetea y chirria sin parar. Y así es este trabajo: cuenta una historia correctamente, pero perdiendo los detalles, la frescura, lo que hace grande a una película. Se recrea demasiado en recursos ya vistos en otros países y que quizá el director esperaba que sorprendieran aquí, pero no ha sido así. Muestra sin censura una mano rota a martillazos al más puro estilo Casino, pero no es capaz de mostrar la cinematográfica belleza de Ariadna Gil en la que podría haber sido una escena de sexo preciosa y largamente recordada -da que pensar lo fácil que es ver los pechos de actrices florero en secuencias que avergüenzan nuestro cine, y lo difícil cuando un desnudo viene a cuento, y las reacciones que provocan en los cinéfilos unos y otros; miren, si no, este inquietante sitio-. Hace falta algo más que violencia cruda y desagradable y unas vengadoras urbanas que no nos podemos creer, para que un espectador inteligente se quite el sombrero y reverencie el ingenio y el talento. Me entristece que un director tan versátil y de tantos recursos no termine de despegar, y quedo a la espera de su próximo proyecto.

imagen: elpais.com

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19.11.08

Saw

Desde su estreno en 2004, esta película del australiano James Wan ha visto cuatro secuelas y está en espera de su quinta y, al parecer, última de la saga. La obra, que ya es un clásico del cine de terror psicológico con tintes de gore, tiene hordas de defensores y detractores. Veamos por qué.
Cuando empecé a ver esta película realmente pensé que estaba ante algo nuevo y realmente interesante. El comienzo es impactante: sin introducción alguna, un hombre despierta en medio de la oscuridad, en una bañera putrefacta. Se descubre encadenado a una tubería, y en compañía de otra hombre también encadenado. Entre ambos, y en un charco de sangre, yace el cadáver de un tercer individuo que parece haberse suicidado hace poco. Los dos comenzarán a conversar con el fin de intentar descubrir por qué están allí, y el modo de escapar.
Este comienzo me enganchó sobremanera y me alentó a pensar que Saw podía ser la película de terror psicológico que había estado tanto tiempo esperando. Pero a los diez o quince minutos de metraje esa esperanza se vino abajo, pues los personajes comienzan a sufrir flashbacks que, si bien están correctamente integrados en la trama, son una elección errónea por parte del director, pues liberan al espectador de la sensación de angustia y claustrofobia que los primeros minutos estaban creando. La dinámica de los flashbacks se convertirá en una constante, por la cual nos veremos constantemente catapultados de la habitación a estos y de estos a la habitación, sin acabar de sumergirnos como es debido ni en una ni en otra situación.
Pero lo peor no es eso, sino la información que nos ofrecen estos recuerdos de los personajes. Mientras que las escenas en la habitación han sido lo más aplaudido del filme por su innovación y realización sobresaliente, las analepsis muestran recursos típicos del thriller, los cuales caen como un jarro de agua fría sobre el espectador que había quedado prendado por los primeros momentos de la película: un policía obsesionado con el asesino, un asesino obsesionado con adoctrinar a sus víctimas, unas víctimas estúpidas que parecen meterse en la boca del lobo... son secuencias prácticamente fuera de la trama, que nos arrancan bruscamente de la acción principal y que quedan muy desligadas de las logradas secuencias de la habitación.
Este efecto tan negativo para el resultado final se comporta como una bola de nieve, y cada vez se va volviendo más abusivo el uso de este recurso y más absurdos ciertos giros del argumento, para acabar desembocando en una situación casi insostenible, de la que yo me estaba temiendo ya lo peor. Pero por suerte, Wan supo redirigir el guión y premia al espectador paciente con un final sorprendente, que se muestra in crescendo, haciendo del último cuarto de hora de metraje un agradable sucesión de golpes de efecto, y le mantiene a uno pegado al asiento sin poder esperar más para saber como se desenlaza la historia.
Respecto a la violencia en Saw, algo sobre lo que se ha escrito mucho y hablado más aún, me veo en la necesidad de desmitificarla. Una de las cosas que hacen de esta película un producto bastante logrado en el género es el hecho de que inquieta y asusta más por lo que no enseña que por lo que sí enseña. Salvo un par de ocasiones puntuales, Saw no tiene la violencia explícita de otras películas; se recrea mucho en lo que podría ocurrirle a la víctima si no logra escapar, o en lo terrible de la situación en que se ve inmersa. Aquí lo que provoca más desasosiego no es la sangre, ni las vísceras, ni los huesos rotos. Es más bien el miedo irracional y absolutamente instintivo que el psicópata consigue provocar en sus víctimas, y cómo estas lo reflejan. James Wan estudió con sabiduría la mente de la masa cinéfila del momento, y explotó como nadie esa parte morbosa que hay en todos nosotros y que nos hace sentirnos identificados con el asesino, con esa personalidad poderosa, invisible, que sabe más que nadie, está en disposición de castigar y premiar y que lo tiene todo bajo control. Aunque, eso sí, yo aguanto muy bien la violencia sádica en el cine: si usted no lo hace, queda advertido de que esta película contiene secuencias muy desagradables, si bien no son tantas ni tan desagradables como se ha querido hacer creer en diversos medios.
En resumen: Saw pudo haber sido una grandísima película además de un lucrativo producto, si su director hubiera tenido el valor (o la oportunidad) de confiar más en su público y permitir que los dos auténticos protagonistas -Leigh Whannell y Cary Elwes-, los habitantes de la habitación, hubiesen ido ahondando en nuestras mentes y desglosando la trama a través de sus más que notables interpretaciones, en lugar de sobreexplotar tanto el fácil recurso del flashback. De este modo se podría haber logrado una experiencia más grata para el espectador, un estudio psicológico más profundo de personas sometidas a situaciones límite (irreales, eso sí, pero no por ello menos interesantes). En vez de eso, se vuelca más hacia derroteros ya vistos antes, creándose algo más parecido a Seven o Resurrección que, por ejemplo, a Cube, obras todas ellas similares a Saw en diversos aspectos . Gustó a unos por lo que tenía de innovador y a otros por lo que tenía de morboso, y no gustó por las mismas razones. Pero no acabó de llenar plenamente ni a unos ni a otros.
Lo que podría haber sido un referente de calidad e innovación en un género infectado en nuestros dias por la basura, los tópicos y cientos de películas absolutamente iguales unas a otras, se queda en un intento loable de establecer un nuevo camino a seguir. Lo lamentable es que a los que han pretendido seguir ese camino les hayan influenciado más las ingeniosas torturas ideadas por el asesino que los ingeniosos recursos escénicos de este joven director. Una pena.

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12.11.08

Noches de tormenta

El cine romántico puede pecar de predecible o manido, lo reconozco, pero yo me confieso ferviente seguidor del género porque, sinceramente, de vez en cuando me apetece ir al cine sin más pretensiones que las de pasar un rato distendido, disfrutando de una bella historia y un puñado de buenos sentimientos. Normalmente voy con una idea preconcebida basada en la experiencia y lo que sé de la película en cuestión, y por lo general es bastante aproximada. Si el filme me ofrece lo que espero de él, me doy por satisfecho y salgo de la sala con la sensación de que me voy con lo que había venido a buscar. Si no me lo ofrece, suelo quedar bastante decepcionado. Pero si, además de no ofrecérmelo, me encuentro con una película tan burda, infantil y mal construida como lo es Noches de Tormenta, entonces es cuando me siento engañado.
Acudí al cine con gran ilusión al saber que la película estaba basada en una novela de Nicholas Sparks, autor de El cuaderno de Noah, obra que inspiró la magnífica El diario de Noah de Nick Cassavetes; pero parece ser que George C. Wolfe, director de telefilmes, no ha sabido plasmar con el mismo talento el estilo de Sparks, o será quizá que Cassavetes lo hizo demasiado bien. Independientemente, nos encontramos ante una película sin pies ni cabeza, donde los personajes actúan sin sentido ni coherencia algunos, y cuyo desarrollo es pesado, torpe y aburrido.
Richard Gere da vida al Dr. Paul Flanner, quien visita un bello hotel costero con el objeto de hablar con una persona. Allí le atenderá una amiga de la dueña -pues esta ha tenido que ausentarse-, interpretada por Diane Lane, y ambos serán los únicos en la casa pues es temporada baja y con predicciones de mal tiempo. La introducción no sólo parece sosa sino que lo es, y el argumento no dará más de sí. Asistiremos a unas interpretaciones apenas correctas, un Gere que parece actuar con pesadumbre y prisa por rematar la faena, y una Diane Lane cuyas lágrimas ingentes son imposibles de creer. En un minuto un huracán estará amenazando a los protagonistas con lanzarlos por los aires, y al minuto siguiente se desencadenará una escena de "sexo", si es que se puede llamar así, en mitad de la tormenta del siglo. Por no enseñar, Richard Gere no enseña ni los pectorales, y la mojigatería con la que son tratadas las escasas secuencias íntimas las relegarán a sábanas cuidadosamente colocadas sobre los pechos, y una penumbra ridícula que sólo ensombrece el interés por las mismas.
Estos dos actores, el núcleo duro del filme -pues sus escenas constituyen casi todo el metraje-, van actuando como autómatas, a los que se les va ordenando sin orden ni concierto que actúen de cual o tal forma, sin la menor personalidad. La trama apenas indaga en sus vidas, ni se esfuerza lo más mínimo en dotarles de tridimensionalidad. Pasan por la película sin dejar huella alguna, ni en la misma ni en el espectador.
Aparte de todo lo anterior, falta mencionar la plaga de tópicos irritantes y vergonzosos de la que hace gala este trabajo, algunos de los cuales ya estaban más que superados incluso por directores noveles, y que sólo emocionarán a adolescentes petardos y ancianas seniles. Particularmente hay uno, el que pone la guinda a la película, que al verlo uno siente algo parecido a que le defequen en la boca. Es prácticamente comedia, les animo a verlo aunque sólo sea por descubrir hasta que punto se puede poner a actores veteranos en las situaciones más embarazosas y forzadas. Pero no quiero deshacerme en tanto insulto rabioso y olvidarme de lo único bueno de esta experiencia; la breve pero bella interpretación de Scott Glenn, actor siempre genial, que aporta la nota de buen gusto que, de faltar, condenaría al público a regurgitar la cena inevitablemente.
La verdad, no esperaba que podría llegar a ver a Richarg Gere en una película tan pésima, chapucera y mal ejecutada, ni que podría resultarme tan desagradable el género romántico. Una película tan difícil de ver sin acordarse de la familia del director, como fácil de olvidar. Sólo comentarles que recuerdo con más intensidad el momento en que una pareja se quedó dormida (casi al principio) y roncando a pierna suelta, y en el que nadie en la sala pudo contener la risa -ni el alivio que todos dejamos ver, al sacarnos un segundo de aquella tortura- que todo lo demás. Posiblemente una de las peores propuestas del año.


imagen: cineando

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4.11.08

Camino




Javier Fesser ha logrado superarse. Director de corta trayectoria en largometrajes, sorprendió a todos con la innovadora El milagro de P. Tinto y arrasó taquillas con La gran aventura de Mortadelo y Filemón. Su trabajo siempre ha estado marcado por la huída constante de los patrones establecidos y por una total ausencia de miedo, a pesar de las duras críticas y, en ocasiones, polémicas, que su cine ha levantado. Y, con Camino, esto se hace aún más patente, pues la enorme controversia que se ha generado en torno a la película no es habitual en nuestro cine.

La película retrata la vida de Camino, una niña que vive en el seno de una familia del Opus Dei, y que se verá afectada repentinamente por una grave dolencia que la postrará en cama con terribles dolores. Su agonía, que vivirá con un temple casi sobrehumano, servirá de escenario para que cuantos la rodean muestren su forma de entender la vida, la muerte y el amor, y desvelen secretos que guardaban celosamente.

Lo más hermoso de esta película es la capacidad tan enorme que tiene para emocionar y para desencadenar sentimientos de todo tipo en el espectador. Fesser mantiene el personal estilo que siempre le ha acompañado, y nos plantea un mundo cambiante, semejante a un particular País de las Maravillas, donde la realidad no se nos muestra de la forma a la que estamos habituados a ver. La piedra angular de la historia es la propia Camino y su particular modo de entender el mundo. Como hija de una madre cuya devoción por Dios y por la Iglesia casi roza el fanatismo, ama a Jesús y a la Virgen como si fueran sus propios padres, pero esta exagerada devoción heredada de su madre se entremezcla con las inquietudes propias de una niña de su edad, a saber: jugar con sus amigas, comenzar a sentirse guapa y querer ser coqueta, participar en una obra de teatro del colegio; estar cerca de un chico por el que se siente atraída...

La amalgama de sensaciones enfrentadas que Camino siente promueven la escisión del mundo que el espectador percibe en la película; por un lado está el mundo inocente, bello y por descubrir en el que la protagonista, dada su edad y energía, se ve inmersa, y del que el máximo exponente es Cuco, el niño del que está enamorada; y por otro, está el mundo oscuro y tenebroso representado por la figura de su madre, y en el que cada paso que da Camino se convertirá en un desproporcionado sacrificio, en ocasiones difícil de entender para el espectador, y para la propia niña. Su enfermedad revolverá estas sensaciones y mundos y los hará chocar bruscamente entre sí, y tanto nosotros como ella iremos perdiendo la noción de la realidad, a través de sueños inquietantes y terribles que sufrirá Camino, en los que su madre se tornará un amenazador verdugo, conversará con un extraño personaje de cuento e incluso tendrá encuentros alucinantes con un incomprendido Lucifer.

De la película destaca prácticamente todo el reparto, pero son especialmente remarcables las interpretaciones de Mariano Venancio, padre de Camino -a quien ya dirigió Fesser en La gran aventura de Mortadelo y Filemón-, un hombre cuya sola mirada puede expresar más que párrafos enteros de texto, y que probablemente ha encontrado en José un personaje con el que mostrar su potencial dramático; Carmen Elías, que como ella misma declaró "conoció a su personaje a fuerza de odiarlo", y ha logrado construir magistralmente a la madre de Camino, uno de los personajes más diabólicos que recuerdo desde la enfermera Mildred de Alguien voló sobre el nido del cuco o la mostruosa Agatha Trunchbull de Matilda, una especie de destructora de la felicidad, para la que hasta querer curarse de una enfermedad terrible es un pecado más terrible aún. Y, por supuesto, la propia Camino, Nerea Camacho, un personaje con el que es imposible no encariñarse, pues transmite una pasión y ganas de vivir que difícilmente podrían haberse recreado con más talento.

Como algunos ya habrán observado, la historia recuerda a la de Alexia González-Barros, una niña madrileña que murió en 1985 a los 14 años de cáncer oseo, también de una familia del Opus Dei, y que actualmente está en pleno proceso de beatificación por la entereza con la que asumió su dolor y su muerte. Y es que la obra de Fesser está dedicada e inspirada en la vida de esta niña -hecho este que precisamente es el que ha desencadenado más polémicas, al no estar la familia González-Barros completamente de acuerdo con el filme-.

Camino es una película muy crítica con el Opus Dei y con el fanatismo religioso, y cualquiera que lo niegue estará engañándose. Pero yo invito a todos los cinéfilos que nos leen a que la vean y disfruten de ella al margen de visiones religiosas, políticas o morales, y desoigan las destructivas luchas dialecticas que se empeñan en teñir el arte de todo lo malo que puede salir del ser humano. Camino es, ante todo, una película sobre la vida y las ganas de vivirla, sobre la juventud, sobre las muchas formas de luchar contra el terrible sino que pesa sobre nosotros: la muerte. Camino es un combate encarnizado entre los que viven en silencio y los que gritan a pleno pulmón; entre los que luchan y los que se arrodillan; entre las preguntas difíciles y las respuestas fáciles. Camino es la prueba más clara de que nuestro cine no está desierto de buenas ideas ni de innovación, y yo la recomiendo a todos aquellos que se han prometido a sí mismos no volver a ver nada del país, por miedo a más caspa y desnudos gratuitos. Una película dura, emocionante, aterradora, que no dejará a nadie indiferente, y que está rebosante de belleza y sensibilidad.

Altamente recomendable.


imagen: flickr

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